jueves, abril 19, 2007

Silencios públicos, placeres privados, sufrimientos inexistentes


El “secreto a voces” es ese
“algo que no resulta alarmante
hasta que se intenta contar”

Alice Munro

Y es así que nosotras y nosotros, lesbianas, gays, travestis, bisexuales, tenemos mucho para contar este 28 de junio en Neuquén, una fecha emblemática de lucha y festejo para la disidencia sexual, a partir de que en 1969 lesbianas, gay y travestis resistieron con firmeza una razzia policial en el bar Stonwell, en Estados Unidos. De a poco intentaremos argumentar acerca del por qué del título de este trabajo. Comencemos por los silencios públicos. Adrienne Rich (una poeta feminista y lesbiana), afirma que no existen ni opción ni preferencia reales donde una forma de sexualidad es precisamente definida y sostenida como obligatoria. Esa forma de sexualidad compulsiva es la heterosexualidad, que garantiza un modelo de relación social entre los sexos en el cual el cuerpo de las mujeres siempre es accesible para los hombres. En este sentido, la heterosexualidad no es entendida como un comportamiento particular, sino como una institución política, es decir, como una serie de prácticas y discursos instalados en el centro mismo de todas las instituciones sociales. Esta forma de opresión se articula, de forma particular, con otros sistemas de desigualdad y explotación, como el capitalismo, el racismo, el sexismo y el colonialismo; por lo cual, la identidad sexual no se experimenta de la misma manera ya se sea mujer, pobre, de un pueblo originario, del tercer mundo, desocupada/o o del oeste neuquino, por ejemplo.La heterosexualidad compulsiva se propagandiza mediante imágenes, rituales, lenguajes, prácticas, y saberes, e impone a las lesbianas, gays, travestis y bisexuales, una ignorancia institucionalizada. ¿Cómo se sostiene esta sexualidad convertida en la única forma posible de imaginarla?Lo público y privado se organizan de tal manera que la heterosexualidad mantiene su carácter no problemático y aparentemente natural, para que heterosexualidad sea entendido a priori como sinónimo de sexualidad, silenciando y ocultando su carácter normativo y normalizador.Lo público nombra aquel espacio donde las parejas de géneros distintos pueden, si así lo desean, mostrar su afecto libremente, mientras que las parejas del mismo sexo deben ocultarlo siempre; por el contrario, lo privado, en tanto derecho reconocido por la ley, se ha centrado históricamente en proteger de la inspección a las parejas casadas de géneros distintos, una inspección a las que se somete con rigor a las parejas del mismo sexo.Es decir, la heterosexualidad es pública, y también es público el silenciamiento acerca de nuestra existencia. Se nos reserva el lugar del armario, del closet, para nosotras y nosotros, un espacio reducido de vergüenza y miedo, en el que la normatividad sexual impuesta por los discursos médicos, psicológicos, educativos, judiciales, entre otros, nos destina a vivir nuestros placeres en forma clandestina.Por eso hoy, como muchas y muchos hacemos habitualmente en múltiples lugares y relaciones, salimos del armario.El armario o closet construye un forma de ignorancia sobre nuestras sexualidades y deseos y, a su vez, mantiene la heterosexualidad como un hecho obvio. Se presume que todo el mundo es heterosexual salvo que declare lo contrario. De esta manera, nuestras formas de vida son privatizadas; nuestros placeres, al caer fuera del orden legítimo de la sexualidad, son desconocidos y reducidos a un ámbito de encierro.Ahora, quien piense que todos somos lo mismo, desde una mirada que pretende homogeneizar, se equivoca. Cada una de estas identidades que nos hacemos presentes hoy experimentamos nuestra existencia de diversas formas, en virtud de que las diferencias especifican modos de vivir la desigualdad
En particular, las lesbianas luchamos contra la invisibilidad institucionalizada. Es la cancelación de la existencia de las lesbianas, la estrategia que durante siglos ha seguido consistentemente el orden patriarcal para controlar esta forma de deseo y de relación entre mujeres, ya que al parecer se trata de una forma de deseo femenino que amenaza seriamente la estabilidad del modelo de sexualidad reproductiva que impone a las mujeres el mandato de la maternidad. Esta identificación histórica de la sexualidad con la reproducción llevó a que se les negase a las mujeres la posibilidad del placer y el goce.Si la única sexualidad posible (representable, concebible) es la que tiene al hombre “de verdad” como único protagonista, en la que el acto de penetración (física o simbólica) se constituye en la esencia de la práctica masculina, investida de toda una serie de implicaciones desiguales como la superioridad, el poder, la fuerza o la iniciativa, el lesbianismo, como realidad paradójica que se construye en las implicancias del “ser mujer”, será, decisivamente ignorado.La construcción del erotismo y el deseo en función del falo y el establecimiento de éste exclusivamente a partir de la genitalidad masculina genera un régimen de placeres y de afectos en el que la realidad lésbica es censurada. Por eso la palabra es la herramienta más poderosa para dar cuenta de nuestra existencia. Soy lesbiana y qué?! No es un pedido de permiso o de perdón, sino un posicionamiento en un campo de confrontación en el que vamos a disputar los sentidos de nuestras vidas.Por el contrario, las travestis y las locas inquietan nuestra visión. Esos cuerpos que no se ajustan a la rígida dicotomía del género, en la que si sos varón tenés que ser masculino y si sos mujer, femenina, se hacen visibles en el régimen heterosexista. Las compañeras travestis viven en un singular y diario “estado de sitio”, signado por la rutinaria persecución policial, las restricciones para circular libremente por las calles, los permanentes obstáculos para acceder a derechos consagrados como salud y educación, cercándolas en la prostitución como único lugar social autorizado. De esta manera, las marcas de la diferencia se revuelven mostrando las particulares marcas de la indiferencia, de lo neutro, invisibilizado por normativo hegemónico y sobrerepresentado, como es la heterosexualidad obligatoria. Como consecuencia de estos silencios públicos y de la privatización de los placeres, hay dolores y sufrimientos que resultan inexistentes. Si no se ven y escuchan, no existen.Desde el momento que los vínculos afectivos de lesbianas, gays, travestis, transexuales y bisexuales no se reconocen dentro de la heterosexualidad normativa, nuestros deseos quedan proscritos desde el principio. Y cuando emergen acarrean una marca de imposibilidad, y como tales, no son relaciones afectivas que puedan llorarse abiertamente. ¿Cómo hacer reconocible el dolor por el asesinato de una trava a manos de la yuta? ¿Sobre el hombro de quién lloró una tortillera a su pareja que falleció? ¿Dónde pone el sufrimiento una marica que rompe una relación amorosa?¿Cómo se resuelve el padecimiento que produce el rechazo social o el silencio?
La ausencia de convenciones culturales para poder proclamar las pérdidas, los dolores y sufrimientos, son parte de la negación de nuestra existencia. Si nuestras identidades son silenciadas, nuestros sufrimientos cotidianos no tienen reconocimiento social y no hay lugar para elaborarlos.Lesbianas, gays, travestis y bisexuales debemos enfrentar, para sobrevivir en esta era genocida de avances de los fundamentalismos de derecha y religiosos, especialmente de la Iglesia Católica, no a sólo los agentes específicos de opresión, como la policía o los agresores de lo diferente, ni las prohibiciones formales, ni las instituciones hostiles, sino también a las estrategias polimorfas de homofobia y lesbofobia que modelan los discursos públicos y privados y que saturan todo el campo de la representación cultural. Por ejemplo, es doloroso, mientras una le pone el cuerpo a la lucha de trabajadores y trabajadoras, escuchar cantos profundamente homofóbicos, como:Mariposa, mariposa, mariposa, mariposa, te defienden las mujeres te defienden la patota.
¿Sólo desde la virilidad es posible hacerle frente al poder, denigrando todo aquello considerado como “femenino”? Tal vez la consigna: Sobisch, basura, vos sos la dictadura, era más apropiada para denunciar al régimen fascista de este gobierno provincial, quien pretende para las mujeres el rol de madres y guardianas de la cultura (léase tradición), papel que históricamente se nos adjudicó en todo proyecto totalitario.Tenemos un gran desafío por delante que es romper el propio mutismo. Hoy no estamos haciendo una celebración de las diferencias en el libre mercado del consumo capitalista, sino una celebración de nuestra existencia y sobrevivencia “rebelde” en un sistema capitalista y patriarcal que intenta, permanentemente, re-colonizar aquello que escapa a su control.Jennifer Durán, de la Coordinadora Universitaria por la Diversidad Sexual de Chile, se pregunta: “¿qué es lo que hace a un movimiento revolucionario? ¿qué utilicen las armas? ¿Que trabajen para la creación de un mundo mejor según “su propia y personal visión”? ¿O es más bien el movimiento aquel que se atreve a cuestionar lo establecido mediante la tradición o cualquier otra institución destinada a mantener la superioridad de unos pocos mediante la opresión y exclusión ...hacia todo el resto de la población? ...Revolucionario será cuando nos atrevamos a mirar más allá de los límites que nos han enseñado y cuestionar lo cierto de esos discursos, cuando consideremos que el libre uso de nuestro cuerpo también es un derecho, incluso el más primordial de todos.”Desde nuestros placeres indómitos, aquí estamos: tortas, trolas, putos, tortilleras, maricones, locas, maricas, travestis, marimachas, machonas, resistiendo la ignominia, esa particular forma de degradación, descalificación y silenciamiento. No queremos una carta de admisión a este mundo tal como está, pretendemos y exigimos una lucha política que no sea incompatible con la manifestación del placer. Parafraseando a la poeta Alejandra Pizarnik, soñamos que “la jaula se vuelva pájaro”.


"Nuestros placeres, nuestras resistencias"

28 de junio de 2005 en Neuquén